POR MARINO BÁEZ
mbaezjj@gmail.com
La sociedad dominicana enfrenta una transformación preocupante en sus índices de criminalidad, marcada por delitos con un nivel de violencia y saña que antes eran ajenos a nuestras calles.
El asalto a mano armada, el robo con violencia y los homicidios a plena luz del día, han sembrado una profunda zozobra en barrios y comunidades de todo el territorio nacional.
En el centro de esta discusión pública, diversos sectores civiles y comunitarios señalan con creciente alarma la participación activa de ciudadanos extranjeros en la delincuencia local, de manera particular, la atención se ha posicionado sobre células de la migración haitiana irregular que operan desde la clandestinidad, evadiendo los registros oficiales y dificultando las labores de inteligencia policial.
Datos e informes de monitoreo de seguridad reflejan que casi el 50% de los homicidios que involucran a personas de origen haitiano en el país, se cometen mediante el uso de armas blancas y objetos cortopunzantes, por lo que este tipo de agresiones, recurrentes en disputas vecinales o asaltos informales, añade un componente de brutalidad que eleva la percepción de inseguridad en las provincias de mayor concentración migratoria.
A esta realidad de delincuencia común se suma una amenaza aún más sofisticada: la infiltración de miembros de peligrosas bandas delictivas procedentes de Haití, como los 400 Mawozo, quienes al salir corriendo de la crisis en su país de origen, estos criminales cruzan la frontera para ocultarse en comunidades dominicanas, utilizando identidades falsas y redes logísticas informales para financiar sus actividades.
Operativos recientes ejecutados por los cuerpos castrenses y la Policía Nacional han logrado capturar en suelo dominicano a peligrosos prófugos haitianos, buscados internacionalmente por delitos que van desde el homicidio hasta el secuestro, razón por la cual stas capturas evidencian que las estructuras criminales del vecino país no solo buscan refugio en la República Dominicana, sino que intentan expandir sus operaciones clandestinas.
El impacto de estos eventos en el tejido social ha encendido las alarmas sobre la impunidad, ya que un porcentaje significativo de estos delitos queda sin castigo, debido a la falta de registro biométrico y documentación, por lo que al cometer un hecho delictivo, la falta de una identidad oficial en el sistema dominicano permite que los perpetradores huyan de la escena del crimen y se oculten nuevamente en la masa migratoria irregular.
Frente a la presión de la opinión pública, el gobierno dominicano ha endurecido las políticas de interdicción mediante supuestas deportaciones masivas y el reforzamiento de la vigilancia fronteriza, no obstante, los constantes reportes de asaltos cometidos por bandas mixtas de delincuentes, demuestran que las redes delictivas logran burlar con frecuencia los cercos de seguridad.
La preservación de la paz pública exige un control riguroso y una aplicación estricta de la ley penal, sin distinción de nacionalidad, pero con un enfoque firme hacia la raíz del problema fronterizo, ya que el país no puede permitir que la delincuencia organizada y la marginalidad clandestina sigan cobrando vidas ni vulnerando la soberanía de nuestras calles.
No es un secreto de que el vecino país es el puente para los promotores de la bandas criminales, con el soporte de empresarios haitianos y el concurso de algunos dominicanos ligados al mismo gobierno, quienes financian y auspician el trasiego de centenares de armas ilegales hacia República Dominicana desde Haití; sin embargo, aunque las autoridades migratorias tienen conocimiento de la situación, pues no auspician alternativas para enfrentar esta hecatombe que cada día aumenta más el número de dominicanos asesinados.
La violencia importada desde Haití tiene sus raíces en la zona fronteriza bajo permisos firmes de los mismos miembros de las fuerzas armadas quienes intercambian permisos por dinero para permitir la violacion de los anillos de seguridad que se interponen a la frontera y que deben mediar para que el cerco contra las bandas y criminales haitianos se fortalezca con maximización.
Cuando el poder socava la democracia, se pone en juego la seguridad de cualquier país.
El autor es escritor y periodista
Reside en Estados Unidos
Septiembre 15, 2926


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