POR NELSON ABRÉU

CICLONOTICIAS.NET

La encarnación es, quizá, una de las expresiones más extraordinarias de la biología: aquello que no vemos directamente se convierte, mediante el sistema nervioso y la organización del cuerpo, en experiencia. La biología recibe, selecciona, interpreta y transforma el mundo en una cotidianidad posible.

Si pensamos lo cuántico como aquello que pertenece a una escala que nuestros sentidos no pueden experimentar directamente, podemos preguntarnos cómo lo invisible llega a manifestarse en nuestra existencia. No necesariamente como una aparición extraordinaria, sino como una expresión concreta: un gesto, una palabra, una relación, una decisión, una respuesta del cuerpo, una presencia.

Ahí aparece el semejante. El otro puede convertirse en una forma de revelación porque nuestra existencia no ocurre aislada. Nos hacemos compatibles con el mundo a través de nuestra capacidad de percibirlo y de responder a él. El semejante nos ofrece una información que no estaba completa en nosotros mismos. Su presencia modifica nuestro campo de experiencia y nos obliga a realizar una lectura.

Por eso, comprender el lenguaje del espacio no significa solamente medir distancias. Significa aprender a reconocer dónde estamos, qué nos rodea y qué relación establecemos con aquello que ocupa ese espacio.

Comprender el lenguaje del tiempo tampoco consiste únicamente en contar segundos. Es reconocer que nuestra existencia transforma una posibilidad en experiencia. El tiempo nos permite pasar de lo que puede ser a lo que efectivamente acontece.

Y en ese tránsito aparece la gracia. La gracia puede entenderse como la posibilidad de utilizar ese tiempo recibido para producir algo que no sea simplemente repetición: ternura, entendimiento, respeto, encuentro, servicio. Es convertir el tiempo biológico en un tiempo humano.

Nuestro origen puede pensarse como no lineal en el sentido de que no experimentamos directamente todos los procesos que hacen posible nuestra existencia. Antes de que una experiencia llegue a nuestra percepción consciente, existe una inmensa trama de procesos físicos, químicos y biológicos. Nosotros recibimos finalmente una expresión integrada de ellos.

La encarnación es precisamente ese acontecimiento: una realidad compleja que se hace experiencia.

Y cuando dejamos de percibir mediante los sentidos —cuando entramos en estados de sueño, silencio, ausencia de estímulo o simplemente en aquello que no podemos observar directamente— no significa necesariamente que la realidad desaparezca. Significa que nuestra experiencia de ella cambia.

Somos una biología situada en el mundo, pero también somos una capacidad de lectura del mundo.

Por eso la revelación en el semejante no tiene que buscarse únicamente en lo extraordinario. Puede encontrarse en la cotidianidad: en aquello que el otro despierta en nosotros, en aquello que nos enseña, en aquello que nos contradice y, sobre todo, en aquello que nos permite comprender una dimensión de nuestra propia existencia que todavía no habíamos visto.

La tarea de la encarnación sería entonces aprender a hacer compatible nuestra biología con la realidad que nos rodea; aprender a leer el espacio, habitar el tiempo y utilizar la energía disponible de una manera que produzca vida, entendimiento y relación.

Estar aquí no sería simplemente ocupar un punto dentro de una línea temporal. Sería recibir la posibilidad de transformar un tiempo que pasa en un tiempo de gracia, un tiempo de ternura, un tiempo de entendimiento, un tiempo en el que lo invisible encuentra una forma de hacerse manifiesto.

El autor es Lic. en Derecho

Reside en Bonao RD

Septiembre 15, 2026