POR MARINO BÁEZ

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La historia del Congreso de la República Dominicana arrastra décadas de sombras, componendas y privilegios desmedidos que históricamente han servido para ensanchar las fortunas de la clase política tradicional y lejos de consolidarse como un auténtico contrapeso democrático, el congreso se ha caracterizado por legislar a favor de sus propios intereses económicos y partidistas, por lo visto, en este turbio escenario histórico, cada reforma legislativa parece diseñada no para beneficiar al pueblo, sino más bien para abrir nuevas brechas al oportunismo corporativo de los partidos políticos de turno.

Fue bajo esa lógica de repartición de favores que en las elecciones del año 2012 se inauguró la figura de los diputados de ultramar y con esa posturo del oportunismo político se vendió con romanticismo patriótico como el canal de voz y voto para la diáspora que sostiene el país con remesas, lo que finalmente ha mutado en un costoso botín político, en consecuencia, estas siete curules internacionales se han convertido en perfectas “botellas” migratorias, un mecanismo institucionalizado para premiar a los cuadros partidarios en el extranjero sin exigirles a cambio ningún rendimiento laboral. 

La desconexión institucional de estos “congresistas” con sus comunidades electorales en los Estados Unidos, Latinoamérica y Europa es absoluta e indignante, ya que no cuentan con oficinas operativas de enlace consular, no rinden cuentas ante la diáspora y en la práctica son completos desconocidos para el dominicano común que trabaja largas jornadas en Nueva York o Madrid, además, su labor legislativa es anónima, visto que solo se limitan a simular una representación mientras disfrutan de un costoso exilio dorado financiado con los impuestos de los contribuyentes.

Esencialmente, el gran fraude de las diputaciones de ultramar tiene su raíz en una estratagema que inventaron los partidos del sistema para seguir abultando el presupuesto, con ello, asestan estocadas mortales a la comunidad dominicana en el exterior, una sociedad que trabaja incansablemente para enviar remesas a sus familiares, pero que al final del camino no recibe absolutamente nada a cambio por su sacrificio.

A nivel internacional, naciones como Colombia o Ecuador también implementaron curules para sus emigrantes, pero marcando una diferencia abismal que expone la vergüenza dominicana. Ahora bien, nos preguntamos ¿por qué?, pues mientras el sistema colombiano exige por ley un mínimo de cinco años de residencia continua en el extranjero para aspirar al cargo, el modelo dominicano carece de filtros rigurosos de arraigo, o sea, siempre ha permitido que políticos criollos usen las curules del exterior como trampolín para mudarse permanentemente a costosos hoteles y residenciales de lujo en Santo Domingo y provincias turísticas del país.

El sangrado económico que estos siete falsos representantes provocan al presupuesto general del Estado dominicano es una afrenta directa a la pobreza del país, visto que cada uno de estos diputados devenga un ingreso integral aproximado de RD$ 612,000 mensuales si se suman su salario base, dietas, viáticos especiales de traslado y gastos de representación, cifra esta que sitúa el costo operativo de mantener a cada uno de estos oportunistas en la astronómica suma de RD$ 7,344,000 al año, pagados con el dinero público.

Para dimensionar la magnitud de esta barbarie financiera, las matemáticas estatales revelan que el costo mensual de la plantilla completa de siete diputados asciende a RD $4,284,000, en contraste, si expandimos este gasto al año fiscal, el erario público dominicano se desangra con un desembolso total de RD$ 51,408,000 destinado al financiamiento de sus privilegios, ya que se trata de un monto que supera los cincuenta millones de pesos anuales y que son invertidos en un cuerpo legislativo ausente, que no produce leyes ni resuelve el viacrucis de los altos costos consulares dominicanos.

La estafa institucional se consolida al calcular el costo acumulado de estos parásitos presupuestarios durante el periodo constitucional completo de cuatro años de gobierno, porque aun con la visión que caracteriza al sistema, esta camada de vagos internacionales le cuesta al país la vergonzosa cifra de RD$ 205,632,000 en cada gestión presidencial, más de $2,000,000 dilapidados en sueldos, pasajes aéreos en primera clase, hospedajes de lujo y exoneraciones vehiculares dobles que bien podrían invertirse en hospitales o escuelas, estabilidad del servicio eléctrico y agua potable.

El ausentismo de estos legisladores en las sesiones del pleno congresional sólo es justificado mediante un sistema de prebendas coloniales que está diseñado para ofender la dignidad nacional, debido a que cuando cada uno de estos vagos de medias tintas viaja al país, el Estado les sufraga viáticos adicionales por sesión asistida y costosas estancias en hoteles, bajo el argumento de que residen formalmente fuera, lo que significa que actualmente nos encontramos en medio de un círculo vicioso perfecto donde el dominicano en el exterior trabaja para enviar remesas; y por ende, el gobierno usa nuestros recursos para financiar las vacaciones permanentes de sus supuestos defensores.

Las recientes propuestas de reforma constitucional que plantean reducir escaños en el Congreso para el año 2028, demuestran que el debate sobre la inutilidad de estas curules está al rojo vivo; sin embargo, reducir el número de bancadas sin extirpar de raíz la falta de fiscalización penal y la total ausencia de auditorías laborales es una simple maniobra del maquillaje político al que nos tiene acostumbrado el congreso nacional. La diáspora dominicana no necesita intermediarios de lujo ni burócratas itinerantes que solo recuerdan sus circunscripciones cuando se aproximan los periodos de campaña electoral. No, nunca jamás. Lo que necesitamos es que no se sigan robando el dinero de los dominicanos.

Que quede claro: Un país no se construye manteniendo cortesanos en el extranjero, se construye, exigiendo que cada centavo devuelva la dignidad de todos los ciudadanos. Mientras el congreso continúe siendo un refugio de “líderes” oportunistas y saqueadores del Estado, los dominicanos seguiremos viviendo en el exilio.

El autor es escritor y periodista

Reside en Estados Unidos

Octubre 24, 2026