Por MARINO BÁEZ
La llegada a la sexta década de vida representa, en cualquier sociedad avanzada, la consolidación de la sabiduría y la cosecha de lo sembrado durante los años de vigor juvenil, por lo que, para una figura pública, los sesenta años no son el ocaso, sino la etapa de la impronta definitiva, donde la autoridad ganada frente al micrófono se transforma en un referente ético y estético para las nuevas generaciones.
En este tramo del camino, la madurez debería ser el refugio de la autenticidad, un espacio donde tanto el hombre como la mujer ya no buscan validación externa, sino que proyectan la seguridad de quien ha conquistado su propio espacio en la historia cultural de una nación, y por ende, sumergirse en un escenario donde la validez de los años que les quedan por vivir se conviertan en sus puntos de atracción.
La proyección de este contexto está dirigido a figuras del espectro comunicacional, proyectadas hoy día, incluso, a través de las redes sociales, quienes han personificado este ideal de plenitud; sin embargo, su impronta no es solo profesional, sino más bien un símbolo de resistencia marcado por una industria que suele ser implacable con el paso del tiempo, pero más aún, olvidan que la popularidad solo se refleja cuando se está en los medios, luego que salen, nadie los recuerda.
Esta etapa de la vida también trae consigo una carga de expectativas elevadas, a la espera que esas “sesenteras” que cargaron con el éxito sean las guardianas de una independencia que han predicado con el paso de los años, mediante un desafío que nace cuando esa huella de autonomía, construida con décadas de trabajo, parece tambalearse ante la necesidad de asegurar un estatus económico que el mercado mediático ya no garantiza por sí solo, desplazando el valor de la trayectoria por un marcado pragmatismo financiero.
Ahora hablo de mí como un hombre que anda por los sesenta y pico. El problema es que no me siento viejo, debido a que: “La juventud termina cuando se acaba la esperanza”, como solía decir José Ingenieros, en su obra ‘La moral social’. Voy al grano, durante años, crecí y me formé escuchando a varias presentadoras predicando desde el púlpito de la televisión que el éxito femenino residía en la capacidad de forjar un destino propio y compré la idea de que la independencia económica era el escudo definitivo contra cualquier forma de sometimiento emocional, por eso, al observar el comportamiento actual de este ‘conglomerado sapiencial’ de estas comunicadoras, empiezo a sospechar que aquel discurso de “yo puedo sola” no era más que una narrativa de conveniencia para una etapa de vigor profesional, y no un principio de vida innegociable.
Hoy he notado una transición inquietante y evolutiva de algunas presentadoras empoderadas hacia una estrategia sentimental que cruza el umbral de los sesenta, lo que en contraposición parece ser que el romanticismo ha sido reemplazado por un interés calculado, más aun, no puedo evitar observar cómo el foco de sus búsquedas personales han girado hacia hombres con un arraigo económico robusto, figuras de poder que no solo ofrecen compañía, sino que funcionan como un resguardo de vida para sostener un estándar que sus propias carreras, ya al filo de la madurez, quizás no puedan garantizar amor, sexo y estabilidad familiar, ni siquiera a largo plazo.
Analizo esta conducta y entiendo que la industria mediática dominicana es una amante traicionera que olvida rápido a sus ídolos. A los sesenta años, la incertidumbre del retiro se vuelve un fantasma tangible, y en mi opinión, este afán que hoy demuestran por parejas con solvencia, no es solo un deseo de confort, sino una respuesta al miedo de perder el estatus, un reconocimiento implícito de que, después de tanto predicar autonomía, al final del día prefieren un respaldo financiero ajeno para no tener que descender los peldaños de la escala social que tanto les costó subir. Ahora bien, mi pregunta a las sesenteras es la siguiente: ¿Además del reconocimiento ante la sociedad, qué otras atracciones tienen ustedes para ofrecerles a ese hombre empoderado y con arraigo financiero que andan buscando?
Lo que me resulta más fascinante —y a la vez decepcionante— es la especificidad de los perfiles que buscan, porque estas mujeres no andan en búsqueda de afinidad intelectual o emocional en términos de igualdad, sino de la identificación de celebridades con capitales consolidados, lo que se identifica con una búsqueda de estabilidad donde el amor parece ser el accesorio de una transacción mucho más profunda, parecida al canje de prestigio mediático por seguridad patrimonial, lo que significa que para ellas, el ‘compañero’ ideal parece haber mutado en una suerte de socio capitalista que debe estar dispuesto a financiarles el otoño de sus vidas.
Mi segunda interrogante: ¿Acaso, no constituye esta actitud una traición a las miles de mujeres que las vieron como modelos a seguir? Al priorizar el arraigo económico de sus parejas para ‘resolver’ sus problemas comunes, las supuestas DIVAS envían un mensaje sutil pero devastador, donde entienden que la independencia femenina tiene fecha de caducidad, por lo que siento que este comportamiento refuerza el viejo estigma de que, “la mujer, sin importar qué tan alto llegue, siempre necesita el abrigo financiero de un hombre para sentirse verdaderamente segura y exitosa en su vejez” (MB).
Sin ignorar el interés económico de centenares de jovencitas que andan detrás de hombres con cierto poder financiero, no importa su procedencia, tampoco puedo ignorar que las mujeres que viven bajo la tiranía de las redes sociales, también buscan proyectar una vida de ensueño, viajes, placeres y lujos que son costosos de sostener, en tal sentido, mantener la relevancia como influencers de la madurez requiere una puesta en escena que me atrevo a sospechar, es difícil de costear solo con las liquidaciones de los canales de televisión o los talleres de coaching, o sea, sus nuevas relaciones no son más que una herramienta de posicionamiento para seguir perteneciendo a un círculo exclusivo que solo el dinero, y no el talento, puede comprar.
Como observador de nuestra cultura, percibo que la audiencia no es ciega ante este fenómeno, existe una brecha cada vez más ancha entre la admiración que una vez estas destacadas profesionales de la inmediatez despertaron y el escepticismo que generan sus actuales alianzas sentimentales. Es posible que para muchos de sus seguidores, verlas buscar activamente ‘hombres de fortuna’ desdibuje la mística de la mujer inalcanzable y poderosa, convirtiéndolas en figuras que, a pesar de sus logros, terminan sucumbiendo a la seguridad convencional y antigua de la misma sociedad.
El pragmatismo de las sesenteras me deja una reflexión agridulce sobre el éxito y la madurez en la vida pública. Estas endiosadas mujeres han dejado una impronta innegable, pero su presente parece estar dictado por la necesidad de asegurar un puerto seguro a toda costa cuando el barco termina de fondear su destino.
Quizás el mayor fracaso de una vida construida sobre el discurso de la autosuficiencia no sea la falta de dinero al final del camino, sino el tener que admitir, a través de las acciones, que la libertad que tanto vendieron nunca fue tan sólida como para sostenerse sin el permiso de una cartera ajena y preñada de dinero.
El autor es escritor y periodista
Reside en Estados Unidos
Octubre 22, 2026


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