POR NELSON ABRÉU
Vivimos en una época que pretende explicarlo todo. Si algo duele, buscamos una causa inmediata. Si algo falta, culpamos a alguien. Si la ayuda no llega, concluimos que el mundo ha perdido la solidaridad. Nos hemos acostumbrado a creer que el orden consiste en que la realidad responda a nuestros deseos; sin embargo, la existencia parece enseñarnos otra cosa.
Hay días en que el agua no llega a la casa. El calor convierte cada respiración en un esfuerzo. La cabeza pesa más que los pensamientos. El cuerpo reclama alivio y, aun así, la vida continúa su marcha sin detenerse a justificar lo que sucede. Es precisamente en esos momentos cuando aparece una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿y si el orden no fuera aquello que entendemos, sino aquello que todavía no alcanzamos a comprender?
Existe una diferencia entre controlar la vida y atravesarla. Controlarla es una ilusión; atravesarla es una experiencia. Nadie atraviesa la existencia sin conocer la escasez, la incertidumbre, la enfermedad, la espera o la soledad. Son estaciones inevitables del camino. La diferencia está en la actitud con que decidimos recorrerlas.
En medio de una jornada de calor extremo, sin agua suficiente para bañarme, observaba un galón reservado para beber. Pensé que una parte sería para mí y otra para una mula a la que llamo “La 25 sin nombre”. Ella también siente sed. Ella también depende de la responsabilidad de otro para continuar su camino. En aquel instante comprendí que la abundancia no comienza cuando tenemos mucho, sino cuando somos capaces de administrar con justicia lo poco que la vida nos entrega.
La gracia no siempre desciende sobre los grandes acontecimientos. Muchas veces se manifiesta en un gesto silencioso: compartir el agua, soportar el calor sin perder la serenidad, continuar caminando cuando nadie aparece para ofrecer ayuda.
Esperamos con frecuencia que quienes nos conocen se acerquen cuando atravesamos dificultades. A veces ocurre. Muchas otras, no. Entonces surge la tentación de llamar ingrato al otro o de juzgar su indiferencia. Con el paso de los años he aprendido que ese juicio rara vez nos hace más libres.
Quizás aquellas personas también forman parte de un orden que desconocemos. Tal vez su ausencia sea una lección sobre el desapego. Tal vez su silencio nos recuerde que la fortaleza no consiste en ser autosuficiente, sino en descubrir que la paz interior no puede depender de la presencia constante de los demás.
No creo que existan seres humanos completamente buenos ni completamente malos. Creo, más bien, que cada uno responde al grado de comprensión que ha alcanzado en su propio recorrido. Todos somos aprendices de una existencia que nos supera.
La gracia comienza cuando dejamos de exigir explicaciones para todo y empezamos a contemplar con humildad aquello que la vida nos presenta. Contemplar no es resignarse. Contemplar es mirar con profundidad. Es reconocer que detrás de lo visible puede estar ocurriendo una realidad que todavía no somos capaces de interpretar.
Vivimos demasiado pendientes de lo inmediato. Queremos respuestas instantáneas para preguntas que quizá solo el tiempo podrá responder. La existencia, en cambio, trabaja con otro ritmo. Su lenguaje es el de la paciencia. Su pedagogía es la experiencia. Su sabiduría no se impone; se revela lentamente a quien permanece atento.
He llegado a pensar que la gracia no consiste en que desaparezcan las dificultades. La gracia consiste en no permitir que las dificultades nos arrebaten la capacidad de agradecer. Quien conserva la gratitud en medio de la escasez posee una riqueza que ninguna crisis puede destruir.
Tal vez por eso la existencia continúa sorprendiéndonos. Cuando creemos que todo es desorden, ella sigue construyendo un orden silencioso. Cuando pensamos que estamos solos, ella nos invita a descubrir recursos interiores que ignorábamos poseer. Cuando suponemos que hemos llegado al límite, nos demuestra que todavía es posible dar un paso más. En extremo no atravesamos la vida para comprenderlo.
El autor es Licenciado en derecho
Reside en Bonao, provincia Monseñor Nouel.
Agosto 10, 2026
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