EL SANCOCHO
POR DAVID PEGUERO
El sistema en el que hemos crecido nos ha educado para evitar cualquier tipo de contaminación en nuestro medio ambiente. Nos enseñan a no tirar basura a las calles, a reciclar los materiales orgánicos y a separar los sintéticos. Todas estas doctrinas serán siempre favorables para la convivencia entre el ser humano y la naturaleza que nos rodea; sin embargo, a menudo no lo aprendemos o simplemente no lo ponemos en práctica.
Si una persona lanza basura a la calle, lo más probable es que sepa que está haciendo algo incorrecto. Si las autoridades la sorprenden, le impondrán una multa y, por el momento, la detendrán; después de este hecho, perderá algunas horas dando explicaciones. Me gustaría hacer notar con esto que todos sabemos distinguir perfectamente entre lo que está bien y lo que está mal hecho.
Ahora bien, sabemos que una pequeña batería lanzada a un arroyo le causa una menor contaminación. Supongamos que todas las personas que habitan cerca de ese arroyo arrojaran allí las baterías que usan en un mes: eso sí representaría una gran contaminación para el medio ambiente. Súmele a esto la contaminación adicional que abunda en los barrios que rodean el afluente; y si se trata de un sector en un país del llamado "tercer mundo", es posible que esa contaminación se multiplique exponencialmente.
Permítanme aclarar esto antes de seguir: aunque nunca he podido entender del todo el término "tercermundista" por la sencilla razón de que, cuando se trata de explotar las riquezas de estas naciones, los países desarrollados las tratan como si fueran de primera.
Voy a citar un caso muy particular, el cual conozco desde que tengo uso de razón: el del río Ozama, en la República Dominicana. El daño que se le ha hecho a este río es tal que se podría pensar que es irreparable. Digo esto porque Dios sabe cuántas especies ya se han extinguido debido a los niveles de contaminación existentes. Toda esta degradación del río Ozama creció notablemente después de la muerte de Rafael Leónidas Trujillo, expresidente de la República Dominicana.
Recuerdo que, cuando yo era apenas un estudiante de secundaria, nos inculcaban la protección del medio ambiente. Veíamos en las noticias cuánto se preocupaban diferentes instituciones mundiales hablando del cambio climático, de la urgente necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y de los daños que estaban produciendo las industrias. Esto conllevó a la creación de leyes y normas que era obligatorio cumplir para pertenecer a la Organización Mundial del Comercio (OMC) y a otras tantas organizaciones. Los gobiernos de todo el mundo se vieron en la necesidad de ponerse al día para controlar muchos productos usados en la agricultura, principalmente los herbicidas, con el fin de proteger al consumidor y al medio ambiente.
Ahora bien, ¿de qué sirven todas estas normas y todo el tiempo invertido en reuniones entre gobernantes mundiales para llegar a acuerdos? Al mismo tiempo exigen a los ciudadanos no contaminar mientras los gobiernos actuales lanzan bombas para matar gente, atacan industrias químicas, pozos petroleros, barcos, tuberías llenas de combustible y hasta laboratorio con uranio enriquecido. ¿Acaso esto no contamina el medio ambiente? El daño ambiental que se está causando a nivel global es extraordinario, increíble e impensable.
Estas guerras que se están librando aunque de este lado del mundo no las estamos sintiendo de manera física, sino solo económica forman parte de una virtual Tercera Guerra Mundial. Solo falta que ataquen directamente el territorio norteamericano para que el mundo entero se dé cuenta de que la Tercera Guerra Mundial ya ha comenzado.
En un escenario global de una conflagración nuclear, el petróleo pasará a un segundo plano debido a la enorme contaminación que dejaría el uso de armas tan destructivas. La contaminación a semejante magnitud afectaría el bien más apreciado por todos: el agua. Las próximas guerras serán por el agua, entonces, parecería que el mundo va de guerra en guerra o, como diría mi madre, de mal en peor. Al paso que vamos, eso es lo único que nos espera.
Esperemos que los líderes del mundo se pongan de acuerdo lo antes posible. Todos los conflictos se resuelven conversando con los pies debajo de una mesa. Así es como realmente terminan las guerras: dejemos de contaminar el planeta.
El autor es publicista y diseñador gráfico
Reside en Providence, Rhode Island
Agosto 4, 2026
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