Por MARINO BÁEZ

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El escenario político dominicano se estremece ante una contradicción donde los micrófonos del entretenimiento digital intentan transformarse en el estandarte de una supuesta revolución electoral cobijada bajo las siglas del PRSC, partido que durante doce años institucionalizó el clientelismo y el desfalco público como clara evidencia de que el discurso contestatario se desvanece por completo cuando se enfrenta a la ambición del poder de cara al 2028, pues resulta imposible presentarse ante un pueblo hambriento de justicia como el redentor de los males si para alcanzar la postulación presidencial se termina pactando abiertamente con los mismos verdugos del patrimonio nacional.

Resulta insólito que Santiago Matías (Alofoke) pretenda enarbolar una bandera de pulcritud utilizando como plataforma al Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) que cargará por siempre con el estigma de la corrupción y el oportunismo histórico, aquella organización que sepultó las esperanzas democráticas mediante el uso sistemático de los recursos estatales para su beneficio y que hoy abre sus puertas a un fenómeno mediático para garantizar su propia supervivencia financiera y jurídica, configurando un espectáculo dantesco donde la indignación popular de su audiencia se convierte en mercancía de cambio para los viejos caciques que celebran la efectividad de este reciclaje mediático-electorero.

La memoria histórica no puede ser borrada por la inmediatez de las redes sociales ya que el colectivo recuerda con absoluta claridad aquellos doce años de administración ininterrumpida y feroz con los que se instauró un modelo de desfalco que socavó los cimientos institucionales, un periodo oscuro, donde el enriquecimiento ilícito de los funcionarios se convirtió en la norma de gestión, mientras el pueblo era sumido en un letargo de miseria y las voces disidentes fueron asfixiadas por una maquinaria estatal diseñada exclusivamente para perpetuarse, el mismo entorno putrefacto que hoy se disfraza de renovación, progreso, desarrollo y estabilidad.

Es precisamente en este laberinto de cinismo político donde resuena con fuerza aquella cínica frase pronunciada por el doctor Joaquín Balaguer al asegurar con frialdad ante el escrutinio público que “la corrupción administrativa se detenía de manera mágica en la puerta de su despacho presidencial”, una sentencia que pretendía exculpar al caudillo mientras sus colaboradores desvalijaban las arcas estatales y que hoy se convierte en el reflejo exacto de esta postulación que pretende ignorar la podredumbre que la rodea, asumiendo falsamente que el brillo de la fama digital puede detener el fango ético de los doce años del balaguerato.

El ultraje al sistema democrático se vuelve aún más evidente cuando analizamos el desmantelamiento de las opciones independientes, un golpe maestro propiciado en el Congreso Nacional por figuras clave de esa misma organización como el congresista Rogelio Genao, principal artífice de las trabas legales que asfixiaron las candidaturas independientes, dejando a la ciudadanía sin opciones reales de participación fuera del monopolio corrupto de los partidos tradicionales y obligando a todo liderazgo emergente a rendirse ante las estructuras existentes para poder figurar en la boleta electoral.

La gran ironía que despierta la indignación radica en la postura previa de Alofoke, el cual ha construido su imperio criticando ferozmente estas reformas regresivas y el secuestro del sistema electoral para luego terminar bailando con entusiasmo en el mismo “muladar” que antes denunciaba ante sus seguidores, demostrando una alarmante falta de capacidad ética para sostener en la práctica la moral que predica en sus plataformas y reduciendo su proyecto a un peón utilitario dentro de una fría estrategia corporativa diseñada para preservar privilegios económicos y fondos públicos de la JCE (Junta Central Electoral).

Someterse a los dictámenes de una organización con semejante prontuario implica para el candidato un altísimo riesgo de descrédito, pues el sistema devora con rapidez a los intrusos que intentan jugar bajo sus reglas perversas y el destino inevitable de esta aventura bien podría ser salir del gobierno en la quiebra, desacreditado o preso ante el juicio implacable de una sociedad defraudada que no perdonará la traición de haber validado con su popularidad a los causantes históricos de la miseria colectiva, convirtiéndose en cómplice solidario de un entramado experto en simulación luego de incurrir en el dolo sumatorio del Estado.

La juventud dominicana observa con desconcierto cómo los discursos de rebeldía se diluyen ante los primeros coqueteos del poder viendo que aquellos que prometían romper el molde terminan encajando perfectamente en los esquemas más rancios de la política, lo que profundiza el letargo y la apatía de una población que ya no encuentra referentes confiables debido a que los líderes de opinión prefieren pactar prebendas antes que sostener un compromiso firme con la transformación, dejando al país sumido en una crisis donde la política se reduce a un burdo espectáculo de me gustas, like o compartir algunas de las morbosidades que se tejen en las redes.

Los reformistas han demostrado una asombrosa capacidad para evadir las consecuencias de sus actos de gobierno perfeccionando un sistema de impunidad donde los rastros del dinero sucio se desvanecen en la burocracia, razón por la cual saben robar sin dejar rastros y a estas alturas no hay uno solo preso disfrutando de fortunas malversadas sin castigo judicial, una impunidad estructural que ahora pretenden legitimar incorporando figuras mediáticas para que la sociedad olvide que fueron ellos quienes abrieron las compuertas de la corrupción administrativa que hoy nos ahoga en el fango de la podredumbre política.

El destino de esta candidatura será el termómetro definitivo para medir la madurez del electorado que debe decidir si continúa permitiendo que el oportunismo secuestre su futuro o si finalmente castiga la incoherencia flagrante de quienes predican moralidad mientras habitan en el muladar, rechazando las alianzas macabras que pretenden perpetuar un sistema putrefacto bajo el disfraz de la modernidad digital para exigir una política digna que no se detenga en las puertas de ningún despacho, sino que barra con la impunidad desde las raíces de nuestra adorada y mal administrada República Dominicana.

El autor es escritor y periodista

Reside en Estados Unidos

Julio 06, 2026